Columna: De frente al pasado

La mañana es fría pese a ser soleada. El metro arrastra la somnolencia de todos sus pasajeros. En casa quedaron los sueños, la calma, los gritos alegres desde la cocina, el perro jugando.

pasado

Llego al terminal una hora treinta minutos antes de la salida de mi bus. Me gusta llegar pronto por si surge algún tipo de imprevisto.

Pienso que todos los terminales de buses del mundo tienen una energía especial. Besos errantes, perdidos en los andenes. Abrazos eternos antes de emprender viajes. Dulces despedidas, pero también tristeza por dejar lo conocido. Ansiedad por llegar a un lugar nuevo.

Un hombre joven de color, llora frente a una ventanilla. Perdió su bus a Brasil y el encargado le explica que no hay nada que hacer, salvo que compre otro billete que para él es imposible.

Decido tomar desayuno. Pido un AS y un café. Comienzo a deambular hasta que me siento a fumar mi segundo cigarro de la mañana cuando veo a dos monjas, siempre viajan monjas. Entonces recuerdo que hace dos meses me prometí ir a un santuario una vez por mes.

Voy a San Luis, Argentina. Una vieja amiga me ha invitado un fin de semana con la excusa de asociarnos en un nuevo proyecto. Me asusta volver a tierras que antes eran cotidianas para mí. Mi ex nació al otro lado de la cordillera y por nueve años era normal que en casa abundaran los bizcochitos de grasa, las medialunas, asados, matambre y el infaltable mate.

El viaje es eterno. Las 6 horas que esperamos en aduana las lleno de lectura, música y cigarros. He perdido la señal en mi teléfono y me angustia no estar en contacto con los míos.

Llego cerca de la una de la mañana. Fabiana me espera con una amplia sonrisa y un abrazo que hace olvidar los dos años en que estuvimos incomunicadas. Esa noche no dormimos. Hubo risas, lágrimas y mil historias que nos pusieron al día.

Fue raro reencontrarme con el acento, las empanadas, el mate. Con la certeza que a escasos kilómetros existía una familia de la que era parte hasta hace poco.

La añoranza puede ser devastadora, pero también esperanzadora.

Hoy vuelvo a amar a un ser maravilloso que ha sido testigo de todo mi proceso de sanación. Vuelvo a tener sueños, a desear vivir por y para mí y para otra persona. A ser mejor cada día y así acercarme a mis metas.

La penúltima noche de mi estadía fuimos a una parrillada y mientras un hombre mayor daba un concierto de tangos se me escapó una lágrima. Hay cosas del pasado que siempre volverán a doler, pero hoy estoy consciente que es pasado y es bueno volver a él para ver con claridad todos los lugares a los que, por amor propio, jamás hay que volver.

Muchas veces el pasado nos impulsa a desear un futuro mejor. Es de lo que estamos hechos, cada historia, cada persona que nos marcó, es lo que nos constituye hoy en lo que somos.Y si tengo que hacerle frente al pasado, pondré la cara una y mil veces.

Por Paloma Sanz

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