Columna: Ira

¿Cuántas veces la ira cruzó por tu mente? Esa milésima de segundo donde dejaste de escuchar los sonidos externos, sentiste que se aceleraba en extremo el pulso, se te nublaba la vista y apretabas los puños en un intento de controlar tus ganas infinitas de explotar.

¿Cuántas veces dejaste que la ira ganara? Y pegaste esa bofetada con una fuerza que desconocías que tenías, o rompiste lo primero que estaba a tu lado o bien golpeaste la puerta o una pared ocasionándote tu misma un tremendo dolor.

¿Nunca? ¿Nunca sentiste ira? Imaginemos que vivimos en un país donde se pueden comprar armas como quién va a un supermercado. Yo trato de imaginar esa dinámica. Elegiría algo pequeño, fácil de guardar en un bolsillo o cartera. Me gustaría que fuera tosca y pesada, que al cogerla me diera la sensación de poder. Imagino un largo mostrador y un hombre calvo vestido con ropas de comando atendiendo al otro lado. Imagino que el calvo me enseñaría las mejores opciones y yo sin entender, me decidiría por algo automático, simple, que no me complicara mucho.

Sería como mi teléfono. Imprescindible. Estaría tranquila cuando sintiera su peso dentro de mi cartera y volvería corriendo a casa si descubro que se me volvió a olvidar en el cajón del velador. Pero también imagino que pondría en riesgo mi equilibrio . Porque de vez en cuando la observaría, la limpiaría con un paño de felpa como si fuera una joya, la empuñaría otra vez e imaginaría que disparo segura en caso que tuviera que hacerlo. Me asusta imaginar. Yo sí he sentido ira. Si di esa bofetada, si rompí lo primero que tuve cerca y si pegué un puñetazo a una pared.

Y mi ira me asusta, me transforma en un ser que desconozco y por lo tanto huyo de ella. Pero hay mentes débiles (enfermas) a las que no les basta cerrar los puños y en una fracción de segundo pasan de ser humanos racionales a bestias dignas de una pesadilla. Y cegados por la ira, cometen atrocidades que nunca antes pensaron hacer. Madres que matan a sus hijos, hombres que le arrancan los ojos a la mujer que ¿aman?, fanáticos que acribillan a su ídolo, desequilibrados que revientan la cabeza al que es diferente a él.

Ira. Cuarto pecado capital. “Capital”, cabeza en latín y si la cabeza está enferma se pone en riesgo todo los que nos rodea. Y ¿Qué hacemos entonces? Qué hacemos cuando vemos cómo la barbarie va ganando terreno. No quiero hablar de fanatismo, extremismo o activismo. Quiero hablar de lo que te pasa a ti o a mí cuando volvemos a escuchar que, por ejemplo, en Turquía, en Israel o en Irak hubo un nuevo atentado en un mercado ¿Es pan de cada día? ¿Es una guerra ideológica? Es una realidad tan ajena y una noticia terriblemente tan cotidiana, que no nos hace dimensionar la tragedia.

Y quizás, sólo, cuando somos espectadores de cómo un loco entra a una universidad o a una discoteca disparando o cuando escuchamos que un hombre borracho le arranca los ojos en plena calle a su mujer, sentimos lo frágil que es la vida y queremos cambiar el sistema, pero el sistema es la cabeza y por lo tanto nosotros, la sociedad,  ya estamos en riesgo.

Podemos ser víctimas o victimarios. A mayor o menor escala y queremos sanar a nuestra sociedad, pero ¿Cómo? Si ya estamos enfermos. Enfermos de indolencia.

Queremos creer que no es nuestra realidad. Y si lo es. Porque si es real el odio. Me duele vivir en una sociedad que odia, que no es empática, que no quiere ver. ¿No podemos hacer nada? ¿Es culpa del sistema?

Tu y yo somos parte del sistema, aprendamos a acercarnos pese a nuestras diferencias, no permitamos que la ira, ni el odio sigan infectando a las generaciones que vienen. Quién sabe si lo logramos.

Por Paloma Sanz 

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