Todos somos psicólogos

Siempre estuve en terapia. No me avergüenza decirlo. Fui una niña bien dispersa. Prefería  subirme a los árboles, escribir poesías llenas de ingenuidad o recorrer todas las calles de mi barrio andando en bicicleta antes de sentarme a estudiar.

Mi déficit atencional me hizo recorrer por años todo tipo de consultas. Neurólogos infantiles, psicopedagogos, psicólogos. Que si dibuja un árbol, ahora a tu familia o una casa. Luego con la adolescencia vinieron los otros test ¿Qué ves en esta mancha? Trabajemos con tu yo interno ¿Sabes cuál es tu yo interno?.

Y así fui creciendo, sintiendo que era normal que cada cierto tiempo le contara mi vida al profesional de turno que tuviera enfrente.

Muchas veces me enfrenté a conversaciones difíciles. Ajenas, donde sólo era una oyente tratando de aconsejar a quien tenía enfrente. Muchas veces recomendé el pedir ayuda profesional y muchas veces obtenía respuestas cómo ¡yo no estoy loca! O ¡eso es para gente débil!

Estamos mal acostumbrados. La sociedad nos ha enseñado a no mostrar debilidad ni flaqueza. Deberíamos saber sobrellevar todos los inconvenientes que se van presentando, sin hacer mucho caso a las dudas, los miedos, nuestras trancas. Pero hay situaciones que escapan de nuestras fuerzas, certezas  y realidad.

f620x0-12161_12179_0Hay que saber hablar. Sin vergüenza y sin miedo. Decir “no sé”, “tengo miedo”, “me equivoque”. Reconocer el sentimiento que estamos experimentando y tratar de negociar nuestro día a día con esa nueva emoción.

Soy débil, suelo equivocarme, no tengo la verdad absoluta. Únicamente he aprendido a reconocer mi “yo interno” y trato de ser más neutral en mis propios juicios y en los que emito hacia los demás.

Esta semana ha estado llena de emociones y decisiones. De intensas conversaciones. De encuentros y desencuentros. Esta semana me he visto involucrada en vidas ajenas que se vuelven propias después de que las palabras hacen lo suyo. Una de mis mejores amigas terminó una relación larguísima, otra enfrenta el reto de superar su fobia al agua con intensas clases de natación, otra desafía a la soledad después que su hija se fue de intercambio por más de seis meses. Ya lo dije y me gustó la frase “vidas ajenas que se vuelven propias”.

Hay quienes la única forma que conocen para pedir ayuda es esa. Hablar horas con sus amigos, desahogarse, buscar en sus palabras las respuestas que necesitan escuchar. Y si somos lo suficientemente honestos para responder con absoluta neutralidad, de seguro estaremos haciendo un gran favor.

Todos somos un poquito psicólogos y todos tenemos a “esa” persona que consideramos su opinión como crucial en la toma de nuestras decisiones.

Seamos humildes. A la hora de pedir y entregar ayuda. Si bajamos un poco las revoluciones y damos la mano con fuerza a quien esté a nuestro lado, de seguro nuestro camino será mucho más fácil.

Es rico acompañar y sentirse acompañado. Es rico saber que para los otros estamos y que siempre alguien a nuestro lado va a estar. Disfrutémonos!!!

Por Paloma Sanz

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