Mujeres por el Mundo: Bajo la luna y la cruz

Por Paloma Sanz, colaborada desde España

Sábado por la noche. Primer sábado de otoño en una de las ciudades más calurosas de España. Córdoba, patrimonio de la humanidad por su monumental arquitectura histórica y poseedora, quizás, de los rincones más maravillosos  de esta península. Pequeños patios entre estrechas callejuelas de piedra, adornados con fuentes y numerosas macetas que han hecho de “los patios de Córdoba” ser patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Ya habrá tiempo para hablar de los patios y los monumentos de esta ciudad que fuera capital de la provincia romana de Bética, y por ahí cercano al año 1000 una de las ciudades más grandes del mundo. Pero volvamos a esta noche de sábado aquí. Una noche luminosa con la primera súper luna de octubre a este lado del hemisferio.

Estoy acompañada (ya hablaremos de eso también) y la noche se presenta con una buena película en la TV y un llamado al Kebah del barrio, para que nos traigan comida. Estoy cansada. Hoy me dedique a buscar “piso compartido” y luego de 4 visitas a diferentes departamentos y analizar las miserias ajenas, me gustó el ultimo visitado. De decoración moderna, con un bulldog francés hermoso y una dueña hiperventilada porque le habían dado, por fin!!! Cita para su séptimo tatuaje (ya hablaremos de eso también, los tatuajes, los ajenos o alguno de los 14 que tengo yo)

Por la ventana que da hacia la mezquita, comienzan a entrar sonidos de percusión e instrumentos de viento. Pienso que es la banda sonora de una película medieval, sonrío imaginando que estoy en el centro mismo del “desembarco del rey”  de Game of Throne.  (no sabes que es GOT? Tranquila también hablaremos de eso. Sólo te digo que es una serie y que al final de su quinta temporada muere El Niño bonito). Y entonces mi acompañante, la persona en la que tengo apoyada mi cabeza en sus piernas, me informa que hay una procesión y que quiere ir.

No me hace mucha gracia la idea de levantarme del sillón para seguir a un santo por las calles. Sin embargo, luego de una hora de llenarme de ganas, salto a la ducha y me engalano con mi mejor look de noche. Ya sé. Para que tanta “production” para ir donde íbamos? Pero desde hace algún tiempo ya, me estoy preocupando que el resto me vea bien.

Caminamos deprisa por calles de adoquines y me gusta el sonido que hacen mis tacones amarillos a cada paso que doy. Veo una multitud en una esquina, la música cada vez está más cerca, entonces sobre las cabezas de la gente lo diviso.

La imagen de tamaño real de un Jesús de rodillas, llevando sobre uno de sus hombros una gran cruz. Qué bonito! De pelo natural y largo, con ojos vidriosos a la luz de la luna y con ropas elegantes, como la de un Rey Mago. Va sobre una gran tarima sujetada a hombros por diez personas. Cinco a cada lado. Tras ellos, una banda de más de sesenta músicos interpretan algo, que para mis incultos oídos musicales, se asemeja bastante a una marcha fúnebre.

Oboes, trompetas, flautas traversas y percusiones tornan el ambiente solemne y cargado de emoción. “Nadie carga una cruz más grande de la que puede soportar” repito mentalmente, mientras analizó la propia cruz que me ha traído a al lugar donde me encuentro hoy. Y entonces como si fuera una descarga eléctrica en mi cerebro, recuerdo que hace un año exacto, estaba en una situación muy parecida, pero al otro lado del mundo. Si, este fin de semana en Chile se celebra la oración por el país y hace un año yo estaba en La Tirana deleitándome con quenas, zampoñas, trompetas y bombos, mientras díabladas danzaban alegres bajo la luz de la luna. Qué rara es la vida. Nunca hubiera imaginado donde me llevaría el destino. Tampoco lo imaginé hoy. Porque la noche del sábado terminó en un bar discotec “gay friendly” bailando al ritmo de “I follow rivers”, sonriendo y rodeada de hombres guapos que no me veían, pero de seguro se sentían tan libres como yo.

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