¿Cómo reconocer los signos de abuso en niños?

Recientemente la destacada deportista, Erika Olivera, decidió contar la terrible historia de abuso sexual de la cual fue víctima por parte de su padrastro. Pese a que la atleta relató que recurrió a su madre, ella no la habría apoyado, perpetuando así la situación por años.

Su caso no pasó inadvertido y ha permitido la conversación del tema desde muchas aristas, entre ellas, las señales que pueden alertar sobre la existencia de abusos a personas cercanas y sus principales consecuencias.

Muchas veces el problema se prolonga porque los niños no siempre son capaces de relatar estos hechos, sin embargo, el abuso sexual tiene efectos o consecuencias graves en la vida y desarrollo de los niños y niñas, cuyos signos pueden ser útiles al momento de fundamentar una sospecha y validar un diagnóstico de agresión sexual.

¿Cómo reconocerlos?

“Desde este punto de vista se les denomina indicadores y éstos pueden ser físicos, emocionales, conductuales, sexualizados y no sexualizados, directos o indirectos, entre otras categorías”, explica la docente de la escuela de Psicología de la Universidad del Pacífico, Ximena Montero, quien señala que hay ciertos signos que deben alertarnos:

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Entre los indicadores físicos, está la presencia de cualquier señal anormal en el cuerpo y genitales de los niños y niñas, tales como irritación, lesión, sangramiento, infección, presencia de dolor o molestias en área genital, infecciones urinarias recurrentes, cuerpos extraños en el ano y la vagina, retroceso en el proceso de control de esfínter, es decir, se orinan (eneuresis) o defecan (encopresis) y embarazo oculto y/o precoz, entre otros.

Como indicadores conductuales, manifiestan un comportamiento sexual inapropiado para su edad, tales como: masturbación compulsiva, promiscuidad sexual, exacerbación en conductas de carácter sexual, agresión sexual a otros niños, presencia de conocimientos sexuales poco comunes para la edad (por ejemplo, un niño pequeño que hace comentarios acerca de sexo oral) y comportamientos extraños (por ejemplo, vestirse con varias capas de ropa o acostarse vestido para dormir).

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Y los indicadores psicológicos o emocionales, pueden ser cambios repentinos en la conducta o en el rendimiento escolar; dificultad en establecer límites relacionales, tales como desconfianza o excesiva confianza; resistencia a regresar a la casa después del colegio; retroceso en el lenguaje; trastornos del sueño; desórdenes en la alimentación; fugas del hogar; autoestima disminuida; trastornos somáticos como dolor de cabeza y/o abdominal, desmayos, etc; ansiedad, inestabilidad emocional, sentimientos de culpa, inhibición o pudor excesivo; aislamiento, escasa relación con sus compañeros o miedo a estar solo o con algún miembro específico de la familia; intentos de suicidio o ideas suicidas.

También hay que considerar que los abusadores, sobre todo cuando son figuras cercanas, no siempre actúan a través de la violencia y la intimidación. “Muchas veces la victimización se va dando a través de conductas de seducción, acercamiento y establecimiento de un vínculo, donde el abusador manipula, ganando la confianza del niño y de su familia, usando maniobras emocionales para ganar la lealtad y asegurar el silencio de los niños o niñas, incluso estimulando su participación en el abuso, lo que genera grave daño y constituye una dinámica perversa devastadora para la víctima”, finaliza la docente.

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