El otro lado del Bullying: Los victimarios

Las estadísticas entregadas por el Ministro de Educación son contundentes, el 86% de los estudiantes reconocen haber presenciado burlas o insultos en su sala de clases. La cifra habla por sí misma y da cuenta de que la convivencia escolar es de mala calidad, por lo que es posible estimar que para muchos estudiantes ir al colegio es sinónimo de estrés, sufrimiento y desagrado.

La etapa escolar abarca un mínimo de 12 años, ese período formativo se instala sobre otro gran proceso en la vida de todo ser humano: su desarrollo infantil y juvenil. El colegio es un gran escenario en donde se ensaya cómo convivir y desenvolverse socialmente, en ausencia de los padres.

Repetidas veces hemos podido dimensionar los efectos del bullying en las víctimas, en el peor de los casos el suicidio termina con la amargura de jóvenes que se han visto subordinados al acoso sin tregua de el o los victimarios. Pese a esto, el tratamiento y la contención adecuada (de éste o de cualquier otro menoscabo) permiten que los efectos traumáticos se aminoren y que se repare el daño psicológico.

Pero ¿qué pasa con los victimarios? ¿Quién se hace cargo? ¿Por qué se desenvuelven agresivamente?  ¿Los padres han notado el comportamiento de sus hijos?. Como en todo aspecto relacionado con niños y adolescentes, los padres juegan un rol fundamental.

Los padres debiesen poner atención si su hijo llega a la casa con objetos que no le pertenecen, con signos de haber peleado, o si en las conversaciones con sus amigos aparecen repetidamente temas como devaluación de los otros, burlas a quienes sufren algún defecto o aborrecimiento de compañeros sin razones aparentes (por ejemplo menosprecio al mejor alumno de la clase). Estos comportamientos dan luces sobre la forma como ese niño pueda estar relacionándose con sus pares, y de confirmarse este tipo de conducta la intervención se hace urgente no sólo por el daño que pueda provocar a los demás, sino porque el modo violento con que establece ciertos vínculos es tremendamente nocivo para sí mismo y puede considerarse un anticipo de futuras relaciones perturbadas con los otros, con las normas y con la ley.

Estudios recientes recomiendan que los padres regulen sus propias actitudes hostiles para evitar traspasarles a sus hijos el enojo, si los padres tienen la vivencia de que el mundo que les rodea es una porquería, que nada sale bien, que todos traspasan las reglas, entonces esas serán las impresiones con que ese niño aprecie su mundo inmediato y, en consecuencia, no podremos pedir más que hostilidad y mala disposición en la sala de clases. Del mismo modo, si la disciplina en el hogar es desproporcionadamente estricta o, por el contrario, hay una ausencia de límites, ese niño proyectará la intolerancia o la falla en el reconocimiento de la regulación social, y en ambos casos podrían aumentar el riesgo de victimizar a sus compañeros.

¿Qué se recomienda? El niño que ejerce violencia sobre otro debe considerarse una víctima de igual manera, incluso más grave. Indudablemente no poseer recursos sanos para canalizar la rabia, considerar a los demás como de peor calidad, estar imposibilitado para evaluar el daño provocado, no sentir culpa, son indicadores alarmantes de que ese desarrollo ha tomado un rumbo que más vale reencauzar con la misma preocupación, cuidado y cariño que merece aquel que ha sido víctima de malos tratos.

Daniela Caroca Campos, Psicóloga Clínica. Magíster (c) en Psicodiagnóstico.

Comentarios