Cómo reconocer a un pedófilo

Lamentablemente el abuso sexual infantil es mucho más frecuente de lo que se imagina, afecta transversalmente nuestra sociedad y los victimarios generalmente son parte de la familia o bien se trata de personas cercanas o conocidas para esos niños.

Con respecto a los efectos traumáticos del abuso, se sabe que pueden repararse en gran parte si los menores son acompañados y asistidos profesionalmente, pero sobre todo cuando los padres, una vez develado el secreto, respaldan y apoyan el trabajo terapéutico. Probablemente la falla en los sistemas de protección infantil, la ceguera de los adultos cuidadores y la falta de validación de la experiencia del niño le provocan más daño psicológico que la propia práctica abusiva.

¿Quién se esconde en los recovecos del laberinto?, ¿Qué características tiene?, ¿Por qué es tan difícil reconocerlo?, ¿Cómo saber a quién le podemos confiar el cuidado de nuestros hijos?

Reconocer a un abusador es tremendamente difícil porque está “dividido” en dos partes, su mente deambula entre lo que muestra en sus intercambios sociales cotidianos y lo que esconde, su “perversión” que viene a reemplazar lo que se estima como sexualidad típica o normal. Para un pedófilo el placer sexual se obtiene restrictivamente con niños, por lo tanto, su objeto sexual se considera desviado. Lo que también puede ser irregular son las condiciones para obtener placer, es así como la satisfacción sexual puede limitarse a miran o mostrar los órganos genitales, voyerismo o exhibicionismo respectivamente, la pornografía infantil encuba la perturbación voyerista por excelencia. 

Un abusador de menores normalmente se desenvuelve como alguien adaptado, camuflándose, utilizando comportamientos ajustados a las convenciones sociales, no obstante tras esa fachada disimula un funcionamiento psicológico muy perturbado que mezcla patológicamente lo amoroso y lo agresivo, por lo que ofrecen a los niños relaciones que aunque parecen cariñosas y amables encubren en su centro lo dañino, como un “ají confitado” en apariencia dulce pero que al mascarlo libera en plenitud su real sabor. Este ocultamiento también confunde a los adultos que no tienen cómo distinguir lo que hay detrás de la máscara.

Entre más perturbada la mente del abusador, los estragos de sus conductas llegarán a ser más graves para mantener el abuso al alero del silencio de sus víctimas. No escatimarán en inducir en la mente de los niños la convicción de que son culpables de algo por lo que merecen castigo y ellos están dispuestos a guardarles el secreto, también pueden provocar confusión en los menores haciéndolos sentir “de verdad” queridos, aceptados y escuchados como con ningún otro adulto. Otra forma de manipulación es la amenaza soterrada o directa haciéndoles suponer que si revelan la situación abusiva algo “malo” puede suceder en su familia o a ellos mismos.

En todas estas maniobras lo que se pretende es torcer el sentido de lo amoroso estableciendo con las víctimas un tipo de relación de complicidad en la que ese adulto usa y abusa del poder que le otorga su natural superioridad de edad, de fuerza y de control. Incluso cuando las niñas se han sentido genuinamente excitadas, siempre es el adulto el que ha utilizado sus capacidades para inducir este estado y no la menor quien seduce al adulto.

Como se puede ver en los recovecos del laberinto se esconde con perfecta destreza un experto del camuflaje que confunde no tan sólo a niños. Ante tan grave amenaza la permanente comunicación con los hijos, conocer sus reacciones ante el miedo o la rabia, ¿qué cara pone cuando miente?, ¿cuáles son sus comportamientos habituales y cuáles merecen extrañeza?, conocer sus rutinas, gustos, amistades y estados emocionales frecuentes, es decir, CONOCERLOS Y ESCUCHARLOS aparece como un buen antídoto que potencia su eficacia si los padres agregan una adecuada y razonable dosis de desconfianza y atención al ambiente inmediato que rodea las actividades de sus hijos.

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