Hijos adolescentes, cómo entender su búsqueda de identidad

No es extraño que en la mayoría de los hogares en donde hay adolescentes también haya conflicto, principalmente porque lo que hasta uno o dos años antes se resolvía sin mayores problemas, actualmente requiere mucha más dificultad y roce que antes. Temas como los permisos, la supervisión en el estudio, las amistades, los pololeos, la vestimenta, las salidas nocturnas empiezan a instalarse como focos de conflicto que se terminan resolviendo con el tan agotador “gallito de poder” y que además, muchas veces, trae aparejado un importante desgaste y daño del vínculo afectivo entre padres e hijos.

“¿Qué pasó con el niñito que hasta hace unos años le gustaba tanto salir con nosotros?”, “¿Si siempre le llamamos “Tomasito”, no sé por qué ahora le provoca tanta molestia?”, “Da la impresión que nos tuviera rabia, cuando está en la casa parece malhumorado”, “Le carga que lo abracemos”. Reclamos como estos son típicos en cuando los hijos abandonan la niñez y se adentran en la temida adolescencia “normal”, procurar la sana resolución de los conflictos requiere de comprensión de este proceso y de un aspecto en especial: el desarrollo de la identidad. 

La pubertad es el período previo a la adolescencia, durante el cual el cuerpo sufre la envestida brutal de las hormonas que comandan la maduración sexual. La adolescencia es el período en el que se generan los cambios psicológicos y sociales que terminan por preparar a ese individuo para su adultez. Es decir, si no fuera por los cambios físicos probablemente no existiría la adolescencia y el desarrollo de la identidad es uno de estos grandes cambios psicológicos del período.

La búsqueda de la identidad significa llegar a poseer rasgos estables que caracterizan a una persona, por lo tanto tiene que ver con la definición del sí mismo, con la imagen corporal, con la orientación sexual, con la valoración del sí mismo y con todo aquello que permita diferenciarse del resto y auto-distinguirse.

Para que esto ocurra los jóvenes deben elaborar varios duelos nada fáciles, entre los primeros está la pérdida del cuerpo infantil. Para empatizar con esta vivencia bastaría con comprender que nos pasaría si de pronto nos encontráramos frente al espejo y constatáramos que nuestro cuerpo no es igual, que ha sufrido cambios irreversibles, inmediatamente debiesen surgir dudas e inseguridades relativas a ¿Cómo me adapto a esta nueva condición?, ¿Qué aspectos he perdido y qué otros he ganado?, ¿Para qué sirve este nuevo cuerpo?, ¿Me gusta esta nueva apariencia?, ¿Cómo podría verme mejor?, ¿Qué estilo me asienta más?, ¿Qué cosas llevan mis contemporáneos?, ¿Cuáles son los efectos de este nuevo cuerpo sobre los demás?, ¿Cuáles son las necesidades que demanda este nuevo cuerpo?. Ante tal necesidad de acomodación no sería esperable un sin fin de intentos por buscar la imagen de sí mismo que más les acomode o asiente. Si los padres entendieran el sentido de estos ensayos podrían ofrecer menos resistencia, más tolerancia y mejor manejo frente a cambios en los estilos de vestimenta, el uso de pearcing, tinturas de pelo o tantos otros “temas” que normalmente significan alta tensión en la relación familiar.

Otro gran duelo es el producido por el cambio la relación previa con los padres, claramente si el cuerpo cambia provee de una nueva apariencia, y una forma de apropiarse y adaptarse a ella será distanciándose de los prácticas familiares que rememoren la infancia. Es así como ya no quieren ser llamados con diminutivos, ni se sienten cómodos con los abrazos y besos que antes eran tan bienvenidos, ya no obedecen, no quieren ser supervisados como antes ni se ajustan a la disciplina previa. Todas estas expresiones también deben ser entendidas como indicadores de un necesario distanciamiento de la infancia, que muchas veces también es doloroso para los jóvenes, y no como expresiones de desamor o agresión hacia los padres.

Con todo lo anterior es posible entender que si bien los protagonistas de cada duelo son los adolescentes, los padres también deberán hacer lo propio por el pequeño hijo “perdido” y, en consecuencia, deberán adaptarse a este “nuevo” hijo que ya no responde ni se ajusta a los antiguos métodos de disciplina y hábitos. La nueva relación exige modificaciones en las prácticas familiares que faciliten la progresiva autonomía y responsabilidad de este nuevo integrante que ya dejó de ser un niño, pese a lo doloroso que pueda llegar a ser para todos los involucrados.

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