El sexo es una fiesta… no me apagues la luz

Cuántas veces en una conversación, de esas que ya no son temas tan generales sino que ya más íntimos, te ha tocado preguntar o el turno de responder sobre qué tan salvaje, libre y “energético” eres en la cama

 De primera, al momento de contestar que te encanta el sexo y cualquiera de sus fases, posiciones y maneras, el resto de los comensales asentirá estúpidamente con la cabeza, mientras tanto generan en su mente una respuesta rápida para cuando les toque opinar al respecto.

En fin, una vez que ya empezamos a tener una mayor praxis del sexo, también comenzamos la etapa de conocer más en profundidad de qué se trata este trascendental acto, donde dos almas y cuerpos comparten lo más sagrado de su intimidad.

Al comienzo todo es nervio, es una ansiedad para el hombre, pues esto es algo nuevo, extraño y quizás definido como malo y pecador por parte de la sociedad. Los padres no saltan de felicidad cuando la hijita “entrega su flor”, ni mucho menos los mismos progenitores tienen idea que su hijo de 13, 15 o 40 años “debutó”. Un pecado para la mujer y una competencia para el hombre; que gran concepto de la hermosa sexualidad. 

Como dirían, tengo un amigo que si bien no es “superman” en la cama (aún trato de hacer una encuesta dentro del sexo femenino que lo defina), trata de experimentar cosas distintas con su pareja, a veces experiencias preciosas y otras veces resultan un fracaso. Pero más allá de estos casos, entiende que el sexo es tan amplio como el mundo en el que nacimos, que está lleno de colores y paisajes. Ahora el tema es cómo seguir en ello si tu acompañante –y perdón por la redundancia- no te acompaña.

Claro, cuando el contacto en ese ring con scaldasonno es mínimo y sólo se remite al viejo, conocido y aburrido misionero, uno de los dos, válidamente comienza a sentir que algo falta, o mejor dicho, empieza a abrir sus sentidos como queriendo experimentar miles de dimensiones más en las dos plazas. Así como la imaginación, insisto, el camino es enorme.

A lo mejor, al sentir libertad en la cama empezaremos a mirarnos a los ojos mientras copulamos. ¿Han notado lo hermoso que es cuando ambos se miran en ese momento, en aquel justo momento en que uno de los dos llega al orgasmo? Me refiero a ese que es real y no producto sólo de una excitación.

Del mismo modo, me pregunto cómo cresta llegamos a ello si seguimos haciendo el amor con la luz apagada, tapados a lo invierno, siempre en la misma posición, así como sintiendo miedo de mirar y tocar nuestros cuerpos, asustados del entorno y de la persona que supuestamente amas. Tal como la vida, el sexo debiese ser una fiesta y un carnaval sin límites, y, siendo el amor tan libre probablemente deberíamos también hacer el amor.

Por Leonardo Paz, periodista.

Comentarios